La edad de la especie humana

¿Y si la especie humana fuese ella misma un ser humano? Podría conocer, dar pasos hacia adelante, hacia atrás; evolucionar. Podría nacer… y como todo ser morir. Su tiempo sería igual al del ser humano pero a un ritmo mucho más lento.
En una primera instancia, al nacer, iría dando sus primeros pasos, aprendería a gatear, a caminar erguida, a hablar,  comunicarse. Se relacionaría con otras especies y aprendería a conocerse a sí misma, a comprender sus limitaciones e intentar superarlas.
Aprendería de sus errores, algunos tendrían que repetirse más de una vez para aceptar que se habría equivocado. Y así, paso a paso, el tiempo le otorgaría de experiencia y de sabiduría.
Si la especie humana fuera un ser recorrería las mismas etapas por las que pasa el ser humano: infancia, niñez, adolescencia, juventud, adultez y vejez.
Cuando el ser humano se concentra en una gran multitud y canta, cantan cada uno de los individuos al unísono, es curioso, pero siempre suena la misma voz. Es ese color de voz tan reconocible que forma una única voz, como si fuera o fuese una única persona, siempre la misma. Y yo me pregunto, ¿es esa la voz de la especie humana? ¿Es ese color, ese timbre, el único indicativo, la única pista que, en su timidez, la especie humana nos da?
Una voz joven y enérgica, quizás la edad de la especie humana. Oculta ha estado su existencia por todos y cada unos de los seres que la han compuesto, la componen y la compondrán. Una música donde la letra está escrita por ella misma y nosotros solo podemos más que prestarle nuestra voz para escucharle hablar, para sentir su existencia.
Tal vez, su voz es la prueba de que, si la especie humana es un ser humano, todavía no ha llegado a su etapa adulta.
Si todavía está en la etapa de la juventud, eso, ese detalle, nos esclarece nuestro comportamiento todavía rebelde y luchador; no por ello siempre en el buen sentido.
Solo de esa forma lograría escapar de ese pesimismo que me persigue y que casi ha conseguido que retire mi apuesta por la razón venidera.
Que todavía sea joven respondería a mi pregunta de por qué aún hay quien cree en Dios y duda de la ciencia.
Estaría la especie humana en ese punto en el que empieza a pensar por sí mismo, en el que se cuestiona las ‘verdades’ aprendidas, el que lucha por dejar de ser invisible pero el que todavía necesita que exista un Dios en la retaguardia para asegurarse una caída acolchada; para que le guíe en la duda. Un Dios que le perdone cuando yerre y que le prometa la paz cuando inicie el camino a la oscuridad eterna.
De ser todo esto cierto y si el ser humano permite que la especie humana llegue a la vejez, mantendré la esperanza en ella porque sé que madurará. Dejará de depender de entes creados por el miedo y se apoyará en la razón. Muestras de ello, aunque pocas, ya nos está mostrando. Se aprecian en esas escasas culturas que están a años luz de la mayoría y que todavía dan miedo al resto.
Como dije antes, de ser todo esto cierto, la especie humana no iría a nuestro ritmo, el suyo sería considerablemente más lento. Y si desde que nuestra especie existe hasta hoy todavía no ha llegado a su edad adulta, eso significa que todos nosotros jamás escucharemos otra voz que no sea la juvenil y enérgica que sentimos en cada concierto.

Quizás hubo un tiempo, entre su nacimiento y su niñez, en el que la melodía que le sonreía al mundo ni siquiera contenía palabras, pues quizás la primera vez en que la especie humana gritó al unísono no sabía hablar.

Habrá que dejar que la especie humana se crea que lo sabe todo, que no necesita consejos y que sus oídos ya lo han escuchado todo, porque sabemos, todos lo que hemos superado su etapa de desarrollo, que la humildad llegará y con ella el camino hacia la razón.

Anabel Gil Cabrera

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Libertad vs Felicidad

Piensas en tu mente, en tus ideas, en la libertad… y te cuestionas si realmente eres libre o son las palabras que vaguean en tu interior escritas por unos entes que te parece no escuchar. Pero sus palabras penetraron como el eco lo hace en las montañas.

¿Vivir siendo libre o siendo feliz? ¿Es la libertad el complemento que hace posible el sentimiento tan oculto que es la felicidad? Apenas se adivina entre las arrugas de tus ojos, aunque probablemente solo es cansancio y el bostezo engaña a la razón.
Quizás el problema reside en que los conceptos no suspiran, no sienten, no se les eriza la piel. Pues cómo entonces definir al unísono una idea inventada, no vivida, solo hastiada.

Un mundo con más interpretaciones que ideas hace posible el engaño de la libertad. Definimos su música y marcamos su tiempo con un metrónomo no constante. Qué es la libertad sino el objetivo que suple la fe en Dios. Su lucha, el creerla cerca y creerla posible es la cinta que nos traslada por los efímeros bosques de la conciencia.

Lavar los espejos que reflejan la verdad sería incómodo. Nuestros síntomas son claros: desesperación, fe, creencia, esperanza, llegar… Objetivos internos que adjetivizan nuestro comportamiento.

De qué sirve alcanzar una utópica libertad si en el transcurso es la infelicidad la que guía tus pasos. El engaño de avanzar los días con la insatisfacción constante, como si el hoy pudiera convertirse algún día en el mañana. Es acercarse para no llegar nunca. Eso es la libertad, un sentimiento que siempre será un ser en potencia. ¿Pero qué hay de la felicidad? Ella sí, ella sí es un ser en acto, y por ello está prohibida. Tenerla y no desearla acaba con cualquier dogma que susurra tras las esquinas.

Una historia marcada por el eterno pecado, repudiando la felicidad aparcada en la estantería del mal. ¿Cómo ser feliz cuando no somos libres? El dedo de la sociedad te señala y te humilla por tu gran atrevimiento. Aspirar a la libertad y no a la felicidad nos seguirá reuniendo en un mismo zulo sin oxígeno.

Pronto se recurre falsamente a ensalzar y aplaudir la verdad de la caverna de Platón. Felicidad versus libertad, y ahí lo tenemos otra vez, enfrentando a dos polos que nunca fueron opuestos.

Buscamos la libertad en las montañas, en el oxígeno que compartimos con nuestros congéneres pero nos equivocamos en el destino. No es allí dónde reside la esperanza es en nuestra mente y en nuestros propios pies. Comparamos la felicidad personal con la libertad social y uno jamás podrá con todos.

Yo soy libre siendo feliz y si tú no lo eres no cargues el arma con tu insatisfacción y me obligues a seguirte para sanar tu envidia, porque tú y solo tú puedes cambiar lo que tus ojos ven.

Anabel Gil Cabrera

 

Ser o no ser diferente

Vuela libre el espíritu que nadie vio nacer.
Volar, salir a la superficie y corroborar que la ignorancia existe y está en ti. Que el tú y el yo se necesitan para asumir la plenitud del conocimiento. Que sin ti, que te encuentras enfrente, aun y ofreciéndome la espalda, eres la definición de mí que no encontraría de haberte ignorado.

Comparamos las actitudes, las irreverencias… pero no las asumimos como nuestras. ¿Y qué son los “otros” sino nosotros mismos a ojos de los demás? Porque la diferencia solo existe en el interior del orgullo pero no en el caparazón que nos envuelve.4 “Nadie quiere ser igual” ¿No veis la paradoja? La exclusividad nos hace compartir los mismos deseos y saborear las mismas aguas que fluyen por el mismo océano; el más grande.
Y te dejas mancillar por la pseudo moral que nos llama a destacar sobre el resto. Eso, el resto… Intento fallido por desmarcarse de los que consideramos ajenos a nuestra existencia. Pero maldito error, has caído preso del egoísmo de la raza humana y te ha hecho encadenarte a ella para ser solo otro ladrillo más en el muro.

Como si uno pudiese dejar de ser otro… Como si tú, que te bañas con mis mismas lágrimas, pudieses dar un paso al frente y separarte de mí; de aquel; de ti mismo.No podemos ser diferentes y no podemos dejar de intentarlo, porque el ser humano quiere serlo pero solo.
Un quiero y no puedo asumirlo; un querer ser diferente pero seguir siendo el mismo. No podrás dejar de ser todas y cada una de las personas que pasan a diario bajo mi ventana, porque da igual tu nombre o tu pesar, siempre estarás clasificado. No hay pensamientos no inventados, ni emociones no vividas.

Tú eres yo, porque sin mí… no serías tú.

Anabel Gil Cabrera

La espera no dejará de ser

Esperas caminando; bajo un sol que permanece quieto a la vez que espera ser visto en el vacío cósmico.
Piensas, meditas. Un almendro deja caer sus suaves y delicadas hojas sobre tus hombros, pero tú ya te has ido. Ya no estás en el mismo punto pero sigues aquí: esperando.
Almendro-en-florLa vida te acecha; saca el reloj de bolsillo del fondo de su chaqueta impermeable y las agujas se mueven a tu ritmo, pero tú no ves lo recorrido, solo esperas a que la alarma suene otra vez.
Cabalgas el instante. La espera atracará en el puerto que tu imaginación creó la primera vez que escuchó que existía algo llamado fe. Y sigues esperando, quizá mañana, quizá fue ayer pero tú ya te habías ido.
Las chimeneas dirigen el humo hacia donde tú buscas el fin de lo esperado. Sí, esperar… porque nunca dejarás de hacerlo; solo cuando ‘nunca’ se convierta en ‘siempre’; cuando la vida deje caer las horas, los segundos, la inestabilidad delante de tus ojos y te tires al suelo para evitar la caída del tiempo… pero este se habrá ido.
Y apagas la vela con tus dedos porque te sientes poderoso, porque te has cansado de mirar y no moverte. Lástima que las lágrimas nunca esperen la aprobación de tus ojos. Y tus dedos se mueven mientras otro te contempla desde la lejanía; se acaba de secar las manos y su espera ya no es por ti.
Quizás tus pies aguardan desplazarse hacia una dirección incierta. Y como un iluso esperarás que el hotel que solo abre a las cinco, te dé la bienvenida a las cuatro.
Y así es como el olvido espera ser recordado y el silencio, que el grito acalle su voz.

Vivir no es ser o estar, es esperar. Y porque morir no es dejar de ser o estar, es dejar de esperar.

Anabel Gil Cabrera