Libertad vs Felicidad

Piensas en tu mente, en tus ideas, en la libertad… y te cuestionas si realmente eres libre o son las palabras que vaguean en tu interior escritas por unos entes que te parece no escuchar. Pero sus palabras penetraron como el eco lo hace en las montañas.

¿Vivir siendo libre o siendo feliz? ¿Es la libertad el complemento que hace posible el sentimiento tan oculto que es la felicidad? Apenas se adivina entre las arrugas de tus ojos, aunque probablemente solo es cansancio y el bostezo engaña a la razón.
Quizás el problema reside en que los conceptos no suspiran, no sienten, no se les eriza la piel. Pues cómo entonces definir al unísono una idea inventada, no vivida, solo hastiada.

Un mundo con más interpretaciones que ideas hace posible el engaño de la libertad. Definimos su música y marcamos su tiempo con un metrónomo no constante. Qué es la libertad sino el objetivo que suple la fe en Dios. Su lucha, el creerla cerca y creerla posible es la cinta que nos traslada por los efímeros bosques de la conciencia.

Lavar los espejos que reflejan la verdad sería incómodo. Nuestros síntomas son claros: desesperación, fe, creencia, esperanza, llegar… Objetivos internos que adjetivizan nuestro comportamiento.

De qué sirve alcanzar una utópica libertad si en el transcurso es la infelicidad la que guía tus pasos. El engaño de avanzar los días con la insatisfacción constante, como si el hoy pudiera convertirse algún día en el mañana. Es acercarse para no llegar nunca. Eso es la libertad, un sentimiento que siempre será un ser en potencia. ¿Pero qué hay de la felicidad? Ella sí, ella sí es un ser en acto, y por ello está prohibida. Tenerla y no desearla acaba con cualquier dogma que susurra tras las esquinas.

Una historia marcada por el eterno pecado, repudiando la felicidad aparcada en la estantería del mal. ¿Cómo ser feliz cuando no somos libres? El dedo de la sociedad te señala y te humilla por tu gran atrevimiento. Aspirar a la libertad y no a la felicidad nos seguirá reuniendo en un mismo zulo sin oxígeno.

Pronto se recurre falsamente a ensalzar y aplaudir la verdad de la caverna de Platón. Felicidad versus libertad, y ahí lo tenemos otra vez, enfrentando a dos polos que nunca fueron opuestos.

Buscamos la libertad en las montañas, en el oxígeno que compartimos con nuestros congéneres pero nos equivocamos en el destino. No es allí dónde reside la esperanza es en nuestra mente y en nuestros propios pies. Comparamos la felicidad personal con la libertad social y uno jamás podrá con todos.

Yo soy libre siendo feliz y si tú no lo eres no cargues el arma con tu insatisfacción y me obligues a seguirte para sanar tu envidia, porque tú y solo tú puedes cambiar lo que tus ojos ven.

Anabel Gil Cabrera

 

El buen samaritano

¿Es el ser humano bueno y justo? ¿Es bueno o malo? A mi entender no, pues el ser humano es bueno y es malo; aunque sobretodo es egoísta.

        Nos han enseñado que el mal existe y también que se puede camuflar bajo diferentes formas. A lo que yo me pregunto: ¿es el mal consciente de que lo es?
De lo que sí puedo estar segura es de que el bien universal no existe. Es más, la historia se ha encargado de encontrarle un sinónimo: utopía.

        También aparecen en escena personas que hablan de distopía. Personas que no hacen más que atragantarse con una palabra que sabe a hipocresía y a pseudo revolución lingüística. Es curioso como hablan alejados de la palabra, despectivamente y curioso también, cómo la sitúan en lo que ellos conciben como el ‘mal’. Pareciera como si ‘distopía’ fuese un ente que se pasea por la calles y, cual abuelas que retiran con sumo cuidado la cortina para solo dejar ver la mitad de su rostro y cotillear, los ‘distópicos’ se asoman para señalarlo desde la dulzura de sus hogares. Y me llama la atención porque son hogares que los han construido ellos, con sus normas; siendo los arquitectos del tipo de gobierno que quieren reine en la intimidad de sus vida, y aún y así, el hogar casi nunca es dulce. Pero todavía hay algo más que subleva mi conciencia: que se alcen, se revolucionen bajo un logos intelectual y creen discursos cargados de odio, estigmatizados por un libro, y que lo único que hagan es hablar sobre un concepto que no tiene objeto. ¿No es eso procrastinar? ¿No se debería dejar de verborrear utilizando palabras inventadas y actuar con los conceptos que nos presta la realidad? Quizá habría que dejar de debatir usando conceptos que no existen y que nos empeñamos en traerlos a nuestra sociedad para hacerla sentir que cada vez está más cerca de ellos. Pero señores, nuestra sociedad está igual de cerca de la distopía que de la utopía. Dejemos de iniciar los argumentos con: ‘Imagina que…’ porque así jamás saldremos de la infancia mental. Somos adultos, juguemos con dinero real.
Realmente pienso que somos incapaces de asumir que no hay un mundo mejor posible, como la madre que no acepta que su hijo sea el malo. Somos tercos y sordos. La realidad es la que es porque el hombre la ha hecho así. No hay que buscar culpables porque la culpable es la especie humana, y todos y cada uno de nosotros, por más que señalemos al que tenemos delante, no hacemos más que criticar nuestra imagen reflejada en el espejo.

        Desde que nacemos, en la guardería por ejemplo, nos enseñan a compartir; que todos somos iguales; que pegarse no acaba con la discusión sino que la acrecienta. Y si la ruta del ser humano fuese encaminada hacia el bien, lo asumiríamos porque lo llevaríamos interno como un calificativo de la especie humana. Pero no es así, llegamos a primaria, continuamos a secundaria y nos tienen que volver a recordar cómo ser un seguidor del bien.
Reflexionemos: si el ser humano fuese bueno no necesitaría que le enseñasen a serlo. ¿Cómo podemos, entonces, pensar que el ser humano por definición es bueno y justo? Esos no son los adjetivos que nos definen.
Tenemos tan interiorizados los dogmas religiosos que nos hemos llegado a creer que el bien existe. Nos han hecho creer que los malos actos serán sentenciados, pero lo peor de todo es que hemos hecho de esos dogmas nuestra bandera. El bien no existe. Si queremos que exista habrá que dotarlo con otro significado.
Cuántos de vosotros, que sois buenas personas, humildes, bondadosas, no habéis utilizado una ocasión para sacarle beneficio propio. Todos, en algún momento u otro, hemos mirado hacia otro lado.
¿Cuánta gente, si puede, paga menos de lo que le piden? Somos injustos, pues si alguien adinerado hiciese eso mismo enseguida lo señalaríamos: ¡Con el dinero que tiene!, decimos. No se trata de asignar el bien y el mal según el capital de la persona. Si hoy eres egoísta, mañana lo seguirás siendo y la acción no pasará de ser buena a mala porque tu capital cambie. Curiosamente pensamos que los pobres tenemos que ser ingeniosos con nuestro capital como si hubiese una ley mental que nos liberase de la carga moral.

        El bien nunca ha existido en el ser humano. Qué más da si eres pobre o rico, siempre serás egoísta; siempre. ¿Nos convierte eso en malas personas? No, porque no existen las buenas. Simplemente, el ser humano es dictador de sus propias opiniones.
Hablar del bien y el mal es más abstracto que sus propias definiciones. No se puede hacer una definición válida para todo el mundo cuando el bien y el mal tienen la opinión por verdugo.
¿Hay entonces que dejar de hablar de uno y de otro? Solo pienso que deberíamos desviar nuestra atención; dejar de luchar por sueños y palabras inventadas que parten de un lema que no existe.

        Me cansa escuchar: ¿y a esto le llaman democracia? ¿Pero qué os creéis que es la democracia? Es la voluntad de todos sin ser todos.
Se habla de independencia en diferentes lugares. Se habla de justicia y de libertad, pero no lo hacen de la dictadura que supone para los que no están de acuerdo. ¿Entonces ahí si vale democracia? ¿Entonces si nos contenta incinerar el 100% de la población?
La voz es el bastón de mando más poderoso que nos ha otorgado nuestra genética. Todos debemos hacer uso de ella mediante un logos coherente con sus argumentos. Pero hay un problema: utilizamos la democracia según nos venga a favor o en contra. Si nos perjudica, gritamos; si nos ayuda, sonreímos. Si no se asume que la democracia lleva a la injusticia se continuará culpando a quien la ejecuta y se seguirán condenando sus resultados. Quizá el tema no es debatir entre la división que provoca la democracia: elegir entre una u otra opción; quizá habría que buscar un tipo de gobierno que no permita eliminar una de ellas.
Hay que luchar, pero no por llevar a cabo nuestros pensamientos, sino por acabar ipso facto con las acciones que quieren individuos felices y no colectivos felices.

        Seguramente el lector de estas palabras pensará en sí mismo, en su manera de pensar y de actuar, pero estas reflexiones no hablan de nadie en particular. Lo hacen de la especie humana, de cómo ni la inteligencia es capaz de convertirla en buena persona. Y no pido que me compartas, solo que me comprendas.

Es difícil de asumir pero solo cuando las ideas mueran… darán su fruto.

Anabel Gil Cabrera